Edición Nº 12- Editorial


Las últimas escenas del naufragio
EDUARDO VAN DER KOOY
  
Las próximas elecciones del domingo 23 no debieran ser consideradas como una compulsa más. Esa percepción podría caber, quizás, para una democracia confiable y afincada que, por supuesto, no es la que impera en la Argentina. Estos comicios legislativos pueden considerarse la continuidad de aquellos presidenciales del 2003, cuando la nación comenzó a apartarse del abismo.
La vorágine de la realidad nacional y la sorprendente aunque todavía precaria recuperación podrían adulterar la memoria colectiva. Por esa razón es bueno refrescarla: la última vez que los argentinos concurrieron a las urnas para renovar el Congreso en octubre del 2001 abrieron las puertas a la mayor crisis que haya ocurrido desde la reconquista de la democracia.
El veredicto significó el principio del fin del gobierno de Fernando de la Rúa que había asumido un par de años antes con una enorme expectativa. Los resultados desnudaron la más profunda fragmentación  del sistema de partidos y el más elevado nivel de escepticismo popular sobre la clase dirigente y la democracia.
Vale repasar algunos guarismos de la época. Las dos fuerzas mayoritarias (el peronismo y la Alianza) obtuvieron en conjunto solo el 55.6% de los votos positivos. El voto en blanco creció de modo súbito, ya que pasó de un 4.5% en 1999 a 9.4% en el 2001. El mayor crecimiento entre las opciones electorales no partidarias correspondió, por su parte, al voto en blanco. Este multiplicó casi en un 1000% su valor máximo anterior (1.3%) y llegó a representar el 9% del padrón. Santa Fe ejerció, en ese aspecto, un triste liderazgo.
Fueron tiempos del voto bronca, del descrédito y la desconfianza generalizada. Merodeó en ciertos sectores sociales la temeraria consigna del que se vayan todos. Cayó De la Rúa, hubo violencia, muertos y miseria.
La Argentina quedó en el vacío, casi sin instituciones y con su economía devastada. El miedo de todos y la responsabilidad de pequeños núcleos dirigentes impidieron el desbarranque definitivo. Así se arribó a la elección de Néstor Kirchner como nuevo Presidente.
Kirchner supo colocar la primera piedra para la reconstrucción de la pirámide del poder: repuso la autoridad presidencial desgajada por el fracaso de De la Rúa. Después del shock de la devaluación la economía empezó una resurrección persistente, llamativa para nosotros y para el mundo. Esa mejoría, sin embargo, apenas ha logrado atenuar los hondos padecimientos sociales.
En esa estación se encuentra la Argentina para afrontar las nuevas elecciones legislativas. Mejorar la calidad del Congreso es una necesidad perentoria de la democracia y una herramienta que también podría ayudar a consolidar la gobernabilidad. Es en ese ámbito donde con mayor aptitud debería desarrollarse el juego entre el oficialismo y la oposición.
Un Congreso jerarquizado y expeditivo ayudaría a Kirchner. Pero podría ayudar también a la oposición en su ambición por hallar un lugar protagónico dentro de la democracia. La impronta parlamentaria podría colaborar con la división de los poderes que parece encontrarse aún atrapada en una nebulosa.
El recuerdo del dramático pasado reciente y el requerimiento de no paralizarse en el camino de la recuperación integral es lo que concede sentido verdadero a la votación que se viene. Es, además, la única manera de empezar a olvidar quizás las últimas escenas del naufragio.

El casino está. ¿Estamos conformes?
OSCAR BERTONE

Un extraño proceso llevó a aceptar a la mayoría de los rosarinos que un casino aporta de alguna manera al mejoramiento de la vida económica, del perfil o del atractivo de la ciudad. En suma, la mayoría cree que está bien abrir un casino en Rosario, aunque en Victoria se va a abrir uno y con un lujo acorde al que supuestamente necesitábamos.
Idea que es producto de discusiones de otras épocas, cuando nadie apostaba a que la ciudad podía tener el crecimiento que ostenta hoy, un grupo de “ciudadanos representativos” se aferró a la idea del casino como salvadora de la economía regional y del perfil turístico.
De hecho la ciudad creció sin sala de juegos, y la experiencia de las que existieron no fue muy alentadora. Refugio evidente del lavado de dinero, tanto para licuar las ganancias de un club de fútbol que fueron a parar a manos de un particular, o presentados como entidades de bien público cuando en realidad atendían claramente a beneficiarios privados, los bingos fueron clausurados luego de años de funcionamiento bajo turbios amparos judiciales.
La ciudad ya tiene sus atractivos y este mes tendrá, por añadidura, un lujoso casino a minutos del centro, cruzando el puente. Los pocos argumentos que podrían sustentar la existencia de otro casino más se evaporan, pero aún así seguramente la mayoría va a insistir con algo que ninguna ciudad importante del mundo desea dentro de su territorio.
Victoria, una localidad que definió al turismo como su principal fuente de ingresos y pretende con estas inversiones turísticas reemplazar los puestos de trabajo que dejará desocupada la segura reglamentación de la pesca irracional y masiva que se hace contra el patrimonio ictícola, cumple con un objetivo central.
Rosario, por su parte, en base a la laboriosidad de sus habitantes pudo renacer y tener una imagen estimulante para propios y extraños. Ninguna obra pública le ha dado el envión que la actividad privada le imprimió en estos años a la ciudad. Entonces… ¿qué papel positivo va a jugar otro casino en la zona?  
No generará recursos fiscales porque dependerá de la Lotería Provincial, por lo que jamás la ciudad recibirá dinero del juego de acuerdo a las costumbres imperantes.
No está demostrado que atraiga más turistas que los habituales. Si no vienen más es porque las inversiones en hotelería, servicios gastronómicos y transporte no alcanzan.
No se multiplicarán las ferias y congresos en la ciudad, ya que no se definen por la existencia de un casino. De hecho, las ciudades importantes que están preparadas para esta industria receptiva, prefieren mejor infraestructura de otro tipo que salas de juego.
Contrariamente a lo que se piensa, el casino que se va a licitar viene a aprovecharse del crecimiento de la ciudad y no al revés. Por eso la empresa que abre en Victoria, ciudad que por su escala decidió incorporar al turismo como su principal fuente de ingresos externos, busca el mercado rosarino.
Lo que necesita la ciudad de sus mejores empresarios es un salto cualitativo en el tipo de inversiones. Los rosarinos representativos deben promover empresas constructoras que participen de la obra pública gigantesca que demandará la infraestructura que deberá acompañar la gran inversión privada en marcha. Deberían recuperar instituciones financieras importantes para volver a generar crédito, y no préstamos casi usurarios; deberían conformar megasociedades para explotar servicios públicos existentes o por crearse.
¿Qué es más útil socialmente, más transparente impositivamente y más acorde con la historia?            ¿Competir por un casino o por una compañía de electricidad propia para la futura ciudad autónoma, por un tren de pasajeros a Buenos Aires, por el servicio de agua potable que seguramente será apoyado por el estado, por un banco regional fuerte, por obras de infraestructura turística en las islas?.
Aunque equivalga a ladrarle a la luna, muchos seguimos pensando que es  una manifestación de pobreza de espíritu colectivo ligar el futuro de una ciudad a la existencia de un casino. Y una invitación a que gente extraña a la ciudad y a su trayectoria de trabajo y solidaridad siga acrecentando su patrimonio mal habido y su degradante influencia económica y política.