La pobreza social y la pobreza política
EDUARDO VAN DER KOOY
Hay una noticia que tiene con exactitud 22 años. No se recuerda en democracia, con excepción del hechizo que en 1983 produjo la prosa política de Raúl Alfonsín, ninguna campaña electoral que transcurriera por un camino diferente al de la pobreza y la mediocridad. Estamos viendo en este tiempo, en cada rincón del país, una película casi igual.
Los candidatos intercambian improperios. La oposición supone que su tarea consiste sólo en cuestionar –con razón o sin ella– lo que resuelva el Gobierno. Néstor Kirchner pretende alzarse como una figura providencial, como si la memoria argentina no recordara que después de cada providencia sobrevino una hecatombe.
La queja por aquel cuadro de chatura cabe, aunque valdría también escarbar en los motivos que la producen. Sería un acercamiento a la comprensión: cuando las cosas se entienden resulta más difícil hundirse en el escepticismo y la desconfianza. Ese es el ánimo que persiste en la sociedad sobre la calidad de la democracia en la Argentina.
El país no ha salido todavía de la gran crisis que lo conmovió en el 2001. Hay, es cierto, una notable recuperación de la economía, pero esa misma recuperación no ha logrado torcer en forma estructural la decadencia social. Nada de eso invalida el esfuerzo hecho por el Gobierno.
Cuando la mitad de la población vive bajo la línea de pobreza es complicado pensar en un rápido mejoramiento institucional. Aunque la clase política tuviera ese objetivo –no es el caso de lo que ocurre hoy en la Argentina– sería imposible ejecutarlo sin contar con un enorme consenso colectivo. Está dicho que la mitad de nuestro país tiene puesta la cabeza sólo en subsistir.
Ricardo Lagos, el presidente de Chile, acaba de decir que sin una protección para los sectores más desamparados las democracias de América latina no funcionan. Y sin esa protección se torna muy complejo progresar en reformas políticas.
El panorama de la región parece darle más que nunca la razón al mandatario chileno. La marginalidad es lo que tiene en jaque a los sistemas latinoamericanos. Sobresalen los casos de Ecuador y Perú pero, sobre todo, el riesgo de una secesión que acecha a Bolivia y la precariedad política en que ha caído la administración de Lula en Brasil. Esa realidad ensombrece la ilusión de mejorar las democracias.
Volvamos a Chile. Podría decirse que la nación trasandina, aún sin modificar de raíz su modelo de fractura social, ha logrado mejorar las condiciones de los más desposeídos. A partir de esa meta avanzó sobre reformas democráticas que, entre otras cosas, enterraron los últimos vestigios leguleyos que había dejado la dictadura de Augusto Pinochet. El avance ha sido de tal dimensión que Chile se apresta a consagrar como presidente a una mujer socialista, Michele Bachelet, cuyo padre fue un militar marginado y torturado por la dictadura.
Comprender el fenómeno que aqueja a América latina y a la Argentina no significa resignarse. Por eso valen las quejas sociales y vale la demanda de una conducta más digna para los dirigentes políticos.
Si no hay visión, el pueblo perece
OSCAR BERTONE
La cita bíblica contiene un mandato permanente para los pueblos, los dirigentes, los políticos, los periodistas, todos los que conforman cualquier tipo de núcleo humano con algún sentido gregario de pertenencia. Y vale a propósito de la ciudad que crece y el fasto que viene dentro de cinco años: el Bicentenario.
No sirve discutir el valor de los aniversarios. Hay frases contundentes, cerradas, rotundas, que no admiten ni apuntes frente a un aniversario: “Todos los días del año deberían ser el… Día del Niño, el de la Patria, el de la Madre, etc.” Así planteada la dicotomía, el que se prepare para una celebración parecerá casi un apóstata del amor a los chicos, al suelo o a la sagrada figura progenitora.
Ante la cercanía del bicentenario de la Revolución de Mayo, sólo algún grupo especializado en estudios históricos y un par de entidades tradicionales están moviendo sus estructuras para que, llegado 2010, la ciudad participe secundariamente de una celebración nacional y deje para esos tiempos inaugurada tal o cual obra que, de alguna manera reflejará su propia visión sobre la fecha y sobre aquello que merezca ser destacado.
Distinta sería la conmemoración si la ciudad total se preparara para transformar ese 25 de mayo en la fecha que elegimos como último plazo para saldar la parte más pesada de la deuda interna que fuimos forjando con sucesivos fracasos, desencuentros, mezquindades y, en suma, falta de visión y perspectiva.
Al César lo que es del César, y nadie le dará a los rosarinos nada que ellos mismos no forjen con su trabajo. Siempre fue así y siempre lo será. El primer centenario pasó a la historia de la región como la fecha alrededor de la cual Rosario tomó su actual fisonomía de ciudad reconocible en el mundo por sus pretensiones, por su Hospital del Centenario, por su Biblioteca Argentina, por su Hospital Provincial, por su definitiva traza urbana ordenada, pero también por sus luchas obreras y de sectores medios por una mejor calidad de vida.
Hemos tomado con empecinamiento la idea de aportar a una visión de conjunto para tomar el próximo Bicentenario como un punto de llegada. Varias notas periodísticas que intentan conformar esa idea nutren las páginas de Rosario Express desde hace varios números.
Acercándonos a nuestro primer cumpleaños, nos comprometemos a ampliar este compromiso. Un compromiso que sólo pretende formar parte de la nueva ciudad.
* Si no se sabe hacia donde se dirige, entonces es poco probable que se llegue a buen puerto. ¿Cómo se puede saber si se llegó si no se sabe dónde se va?
* El rey Salomón dijo: «Donde no hay visión el pueblo pierde el control». Algunas versiones dicen: «donde no hay visión el pueblo perece», o «el pueblo se desintegra, el pueblo se esparce»
* Donde no hay visión, el pueblo se desenfrena; pero el que guarda la ley es bienaventurado (Prov. 29:18)