Edición Nº 10- Editorial


La excepción de Santa Fe justifica la regla
EDUARDO VAN DER KOOY

Después del ensayo de las internas abiertas y simultáneas queda la primera lección, amarga aunque previsible: el sistema político argentino continúa envejecido y es casi imposible que su renovación dependa sólo de una ley.
En todo el país votaron poco más de 450 mil personas para definir candidatos a cargos legislativos. Una pizca por encima del 3% del padrón nacional, que asciende a casi 14 millones. Solamente en el departamento Rosario votó más gente para elegir aspirantes a concejales que en toda la nación. La cifra se estiró otro poco considerando el total de la provincia.
¿Soplan aquí, acaso, vientos de renovación que no surcan ningún otro lugar en la Argentina? Convendría ser cautos en extremo. Puede ser que el saneamiento institucional que representa la eliminación de la Ley de Lemas haya alentado el entusiasmo participativo. De hecho, intervinieron más ciudadanos que en la legislativa del 2001, convertida en prólogo de la gran hecatombe.
Pero la obligatoriedad de la interna parece haber sido el factor determinante de aquel contraste. El presidente Néstor Kirchner, quien promulgó la ley de las abiertas, había dicho varias veces que el mecanismo no funcionaría si las personas no estaban obligadas a votar.
Tampoco la posibilidad auténtica de la renovación política pasaría por allí. En primer término debería figurar la convicción y la honestidad de la clase dirigente de que aquél es uno de los caminos factibles para remozar el sistema partidario.
¿Qué expectativa debería tener la comunidad cuando los principales políticos recurren a cualquier artilugio para evitar las internas y dirimir las diferencias en la general?
Lo hizo Eduardo Duhalde en el 2003, cuando convirtió la presidencial en una interna del peronismo con Kirchner, Carlos Menem y Adolfo Rodríguez Saá. Lo repite ahora mismo el Presidente cuando en el principal distrito electoral –la provincia de Buenos Aires– lanza como candidata a senadora a Cristina Fernández, por afuera del PJ, para enfrentar a Chiche Duhalde.
Esas maniobras demuestran dos cosas: que los dirigentes les temen a las maquinarias partidarias; y que los votantes independientes no se sienten aún con fervor ni con vocación de poder para transformar el cuadro.
El peronismo es el que sobreactúa esa realidad. Pero la oposición no le va en zaga. Ricardo López Murphy, Elisa Carrió y Mauricio Macri también fueron proclamados sin necesidad de una interna. Ellos parecen repetir ahora lo que el PJ hizo en el 2003: utilizarán la elección de octubre como interna abierta de la oposición en el intento por ungir al candidato que pueda dar batalla en el 2007.
La especulación continua, el contubernio, suelen ser el  antídoto perfecto para la participación popular. Y la política no se renovará mientras perdure la desconfianza. Revertir ese estado de cosas es, antes que la confección de leyes que diseñen la política, la tarea que deberían abordar el Gobierno y la oposición.

Banco de prueba para la nueva política
OSCAR BERTONE

La importante participación popular en las elecciones primarias abiertas del 7 de agosto pasado promete novedades para el cercano 23 de octubre. Se enfrenta la posibilidad cierta de que el socialismo extienda su influencia a todo el territorio provincial contra la voluntad del peronismo, que está muy lejos de darse por vencido.
Un mes después del comienzo de la primavera habrá un marcado interés popular por las elecciones. También se verá mucha infantil manipulación periodística inescrupulosa, algunos nuevos intentos de utilizar políticamente a la desgastada Justicia santafesina, y además se volverán a publicar desopilantes encuestas electorales.
Pero al margen de todas estas maniobras, el territorio provincial tiene la oportunidad de transformarse en escenario de una contienda que inaugure nuevos estilos políticos. Se elegirán diputados nacionales, representantes llanos del pueblo dividido en regiones (provincias) pero cuya acción poco debería influir sobre las realidades regionales, especialmente las coyunturales. Las disposiciones constitucionales así lo prescriben, dejando a los senadores nacionales el papel de representantes de las provincias.
Para explicarlo en términos más crudos: a un diputado nacional la ley no le asigna un papel destacado en la construcción de un acceso a Villa Constitución, una escuela en Reconquista o, por nombrar algo más general, la seguridad de las personas en el territorio santafesino urbano o rural, ya que esas son responsabilidades provinciales. Y sin embargo, en las elecciones en ciernes, podrían pesar más las carencias en las decisiones del gobierno santafesino o el desgaste de décadas de peronismo que las apelaciones a “sumarse a un proyecto de reconstruccíón nacional”.
La conformación de las listas de diputados nacionales de los frentes encabezados por el socialismo y el peronismo permiten albergar la esperanza de una campaña más lógica que la contienda del pasado 7 de agosto. Aquélla estuvo teñida por las acusaciones internas de viejas épocas, un despilfarro económico desproporcionado respecto de los cargos que estaban en juego y la acostumbrada manipulación de jueces para provocar efectos propagandísticos negativos.
La atenta mirada del presidente Néstor Kirchner, quien apoyará la lista de candidatos a diputados encabezada por Agustín Rossi pero difícilmente sostenga contra sus ocasionales adversarios la misma prédica que contra el peronismo de la provincia de Buenos Aires, confluye también para conformar un escenario absolutamente original.
Frente al grupo de aspirantes a diputado que patrocina el presidente y su equipo cercano no está el demoníaco duhaldismo, sino el inquietante socialismo, con una experiencia de gobierno en Rosario que no deja de ser mencionada positivamente por los colaboradores del primer mandatario.
La situación es inédita y obliga a extremar los argumentos de uno y otro lado. El socialismo, que disfruta de la ventaja de un liderazgo de peso nacional como el de Hermes Binner, le debe también al presidente mucho de lo que hoy esgrime como logro en el último tramo de su gestión. Las ideas que se debatirán deberán necesariamente adquirir un vuelo distinto. ¿Será una campaña de la nueva política o los protagonistas se la ingeniarán para bastardearla?